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06/01/2007

''Aquí hubo un montaje contra el periodista Fredy Muñoz'', asegura analista

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Por: TeleSur
Fecha de publicación: 06/01/07

TeleSUR _ 05/01/07 - TeleSUR conversó en exclusiva con el analista político y director del semanario La Voz, Carlos Lozano, quien aseveró que en Colombia "no se están respetando los derechos humanos" y calificó como "un montaje" el caso que se le sigue al corresponsal Fredy Muñoz Altamiranda, que este sábado cumple 49 días detenido.

El director del semanario colombiano, La Voz, Carlos Lozano, señaló que las autoridades de Colombia ''no están respetando los derechos humanos, ni tampoco el derecho al debido proceso de acuerdo a la ley penal colombiana'' en el caso que se le sigue al corresponsal de TeleSUR, Fredy Muñoz.

''Aquí ha habido un montaje contra el periodista y compañero, colega nuestro, Fredy Muñoz y está comprometida la libertad de prensa que en Colombia realmente no existe'', aseveró.

Lozano recordó que ''en estos días hemos escuchado incluso la retractación de uno de los testigos que rindió testimonio en contra de Fredy, señalándolo como un peligrosos guerrillero, este hombre que supuestamente es un desertor de la guerrilla de las FARC, ahora ha dicho que fue presionado por los organismos de inteligencia de la armada nacional para que comprometiera a Fredy en estos temas supuestos de rebelión y terrorismo'', explicó.

''Así que poco a poco se va cayendo este montaje contra Fredy'', fustigó en relación a las innumerables irregularidades que han surgido entorno a las investigaciones que se llevan a cabo en contra del periodista.

Lozano expresó su certeza de que ''va a ser inevitable que en los próximos días (Fredy) quede en libertad''.

Sin embargo, enfatizó que ''de todas maneras ya se ha cometido un atropello, se han vulnerado los derechos humanos, no solamente de Fredy Muñoz, sino también de la prensa colombiana, de los que él representa, la prensa independiente, la prensa alternativa, la prensa que está comprometida con la verdad y con dar otra cara de la noticia diferente a la que hacen los monopolios y los grupos de prensa que manejan la información y propaganda en Colombia'', puntualizó.

Fredy Muñoz Altamiranda, corresponsal de La Nueva Televisión del Sur, fue detenido el pasado 19 de noviembre en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, proveniente de un curso de trabajo en Caracas, por elementos del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), bajo los supuestos delitos de rebelión y terrorismo.

El trabajo del periodista, que acaba de cumplir sus 36 años en prisión, se ha caracterizado por investigar la profunda crisis institucional por la que atraviesa el gobierno en Colombia, a raíz de las denuncias de la penetración narco-paramilitar en el Estado colombiano, incluyendo los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

En este sentido, Carlos Lozano consideró que el gobierno colombiano no tiene planes para acabar con el paramilitarismo pues, casi todos, la gran mayoría de los congresistas y las personas que han estado vinculados a este escándalo, son simpatizantes o miembros de los partidos uribistas, son congresistas del presidente Uribe'', fustigó.

A juicio del director de La Voz, ''el gobierno del presidente Uribe ha venido aludiendo la responsabilidad política que tiene en este asunto de la llamada parapolítica''.

''El presidente Uribe incluso, finalizando el año, convocó a los parlamentarios uribistas para que todos votaran los proyectos de ley de su agenda legislativa antes de que fueran para la cárcel, una forma por cierto bastante cínica de plantear este problema'', expresó.

Sin embargo, consideró que el escándalo generado por la vinculación de congresistas con grupos de extrema derecha ''va a seguir'', y que, pese a que ''el gobierno colombiano está buscando lanzar cortinas de humo'' para desviar la atención en el tema, ''es inevitable que la Corte Suprema de Justicia haga pronunciamientos de fondo sobre los congresistas que están vinculados''.

 

06/01/2007 22:44 Autor: Belkys. #. Tema: Venezuela Hay 1 comentario.

07/01/2007

El baile del mono

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Caicara es la capital de Cedeño, uno de los trece municipios que conforman al Estado venezolano de Monagas.

Fue fundado el 20 de Abril de 1731 y su población de más de 15 mil habitantes, tiene a finales de año una motivación muy especial: el baile del mono.

Los últimos días del año permiten al visitante disfrutar de una tradición que enorgullece al caicareño.

Todos comienzan a reunirse en torno a una plaza llamada monódromo, que vibra al compás de la música y que tiene al mono en el centro de la celebración.

Justo cuando los relojes marcan las doce de la noche del 28 de diciembre el pueblo comienza a vivir una jornada diferente.

Al grito dado por el Gobernador del estado y el Alcalde de la localidad, comienza la danza popular, de gran arraigo en Caicara, de donde es nativo y única parte del mundo donde se baila.

Es un recuerdo memorable de los aborígenes y aquí se lucha por conservarlo. Como baile colectivo, tiene por escenario a la calle, participa todo el pueblo, unos van bailando y gritando, al unísono de la música y agarrados por la cintura, otro y otras van de acompañantes y relevos de manera que la cola de el mono no decae nunca.
La música proviene de un montón de instrumentos de los cuales los más universales son el cuatro, las maracas, el furruco y la tambora; porque los otros son más artesanales.

El comienzo del baile dura siempre una hora ininterrumpida. Al otro día sigue la fiesta determinada por la resistencia física del participante y el entusiasmo que le acompañe y así puede durar hasta que comienza el año.

Cuentan los historiadores de Caicara que hace apenas unas dos o tres décadas, el mono era una festividad casi familiar, celebrada por un reducido grupo de locales sin traspasar los límites del pueblo.

Hoy el baile del Mono logra reunir a miles de personas provenientes de todo el país que no quieren perder la oportunidad de disfrutar en vivo de una tradición que pone una nota de folclor al final y el comienzo de un nuevo año.

Foto: Miguel Alvarez, tomada de la página www.caicaramono28.com

07/01/2007 18:55 Autor: Belkys. #. Tema: Venezuela Hay 21 comentarios.

11/01/2007

Fredy Muñoz en libertad: Temor por su vida y por nuevos montajes

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Por: Aram Aharonian

La Fiscalía colombiana decidió declarar sin lugar la medida de aseguramiento (prisión preventiva) dictada contra el corresponsal de Telesur, Fredy Muñoz, al considerar insuficientes las pruebas testimoniales que lo señalaban como supuesto miembro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y coautor de atentados en las ciudades de Barranquilla y Cartagena.

De esta forma, se hizo lugar a la apelación que presentó la defensa encabezada por el abogado Tito Gaitán para revocar la medida, basada en las diversas irregularidades en que incurrió la Fiscalía durante el proceso, como inconstitucionalidades, denegación de la debida defensa y falta de rigurosidad jurídica.

Muñoz salió de la cárcel barranquillera de El Bosque al mediodóia del martes 9 de enero, 52 días después de ser apresado en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, al regresar de un curso en Caracas. Hoy, Muiñoz y sus compañeros temen por su vida. Si bien el joven periodista está libre, el proceso sigue, y la Fiscalía tiene todo el tiempo para preparar nuevos montajes. Lo que hace falta es que la justicia colombiana retire definitivamente los cargos y aclare el error cometido.

Desde que Muñoz fue detenido, el 19 de noviembre pasado en Bogotá, diversas entidades de prensa, organizaciones de derechos humanos y medios latinoamericanos denunciaron que el proceso contra el corresponsal no sólo dejaba en evidencia las amenazas que sufre la libertad de prensa en Colombia, sino también el ataque directo contra el canal multiestatal Telesur, sobre todo por su carácter contrahegemónico.

Ahora, tras la liberación del periodista, Gaitán comenzará a trabajar para lograr su absolución plena, aunque con enormes obstáculos, incluso, el peligro de un eventual atentado contra la vida de su defendido. El abogado advirtió que ''hay que estar atentos a que no haya ningún tipo de ánimo revanchista por parte de los organismos de seguridad que prefabricaron este caso'', como la inteligencia militar naval o la policía secreta DAS.

También Muñoz fue claro en este sentido, al denunciar –al salir de la prisión- que los testigos, funcionarios judiciales y órganos de seguridad y de inteligencia que actuaron en su contra fueron los mismos que formaron parte del proceso que se le siguió al sociólogo colombiano y profesor universitario Alfredo Correa de Andreis, asesinado hace poco más de dos años en Baranquilla. La detención y las acusaciones que llevaron al procesamiento de Correa de Andreis por el delito de ''rebelión'', en junio de 2004, y que terminaron con su propia muerte en manos de sicarios, fueron similares a las que sufre actualmente el corresponsal de Telesur. En consecuencia, el periodista, su defensa y las propias autoridades del canal multiestatal advirtieron sobre los peligros latentes.

''Esto nos hace dudar de lo que puede pasar de aquí en adelante, por eso las medidas de seguridad sobre mi persona son extremas en este momento'', dijo Fredy Muñoz, quien en breve se reintegrará a sus tareas en la corresponsalía bogotana de Telesur, hasta lograr se autorice su salida del país y poder atender su nuevo cargo en la corresponsalía del canal multiestatal en Venezuela.

Testigo acusa a Fiscal de presiones y coacción

Nuevos testimonios aparecidos en la prensa colombiana e internacional entre el fin de 2006 y este año que se le antoja comenzar, dejaban en claro que el caso contra el corresponsal de Telesur en Colombia, Fredy Muñoz, no era más que un grotesco montaje de organismos de seguridad colombianos que atentaba contra la libertad de expresión y trataba de criminalizar al canal multiestatal latinoamericano Telesur.

La Fiscal especial que conduce en la ciudad de Cartagena el proceso por rebelión y terrorismo contra el periodista Fredy Muñoz fue señalada por uno de los testigos que ella hizo comparecer en el proceso y que pretendió rindiera testimonio contra el corresponsal de Telesur en Colombia, de haberlo presionado y amenazado.

El testigo, Yainer Rodríguez Vázques, señaló asimismo ante la Fiscal Myriam Martínez Palomino y el Procurador Penal Juan Carlos Cabarcas, que también fue amenazado por la Inteligencia de la Armada de Colombia, para que rindiera declaraciones contra personas que no conoce, entre ellos Fredy Muñoz. El testigo dijo que no conoce al periodista referido y que el alias que le atribuyen –Jorge Eliécer- corresponde a un guerrillero que fue muerto por las Autodefensas (paramilitares) años atrás.

Yainer Rodríguez, condenado a 12 años de prisión, acusado de los delitos de rebelión y terrorismo, dijo a la Fiscal que a ella le consta que él también fue víctima de sus presiones en ese mismo despacho –si no declaraba lo que ella quería, se le amenazaba de extenderle la pena a 30 o 40 años de prisión-, y que también lo presionaron en la base militar de Bocagrande, donde estaba recluido.

Interrogado por el Procurador, Yayner Rodríguez señaló que no puede seguir acusando a gente que no conoce y manifestó que ya le había comunicado a la Fiscal que el Jorge Eliécer que él conocía desertó de la guerrilla y lo mataron las autodefensas en Ñanguma.

Basándose en el testimonio de tres exguerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) -detenidos en el DAS y en Batallón de Infantería de Marina #2 de la Fuerza Naval de la Costa Atlántica y quienes están negociando una reducción de su pena a cambio de información que incrimine a las FARC- la Dirección Administrativa de Seguridad (DAS) identificó a Fredy Muñoz como el guerrillero conocido con el alias de Jorge Eliécer, acusándolo de ser explosivista del Frente 37 de las FARC, y co-responsable de atentados con bombas y petardos cometidos en las ciudades de Barranquilla y Cartagena. En el año 2002, Muñoz ya ejercía de periodista en medios colombianos.

La grosera prisión del corresponsal de Telesur en Colombia, Fredy Muñoz, un dedicado, joven, acucioso periodista de apenas 36 años, pone de manifiesto que, una vez más el periodismo independiente, libre y crítico es agredido por quienes insisten en utilizar la coacción, el amedrentamiento, la mentira y la fuerza para doblegarlo.

Como se sigue demostrando, la acusación hecha sin mayores pruebas, es absolutamente descabellada y debe interpretarse como una amenaza a la libertad de prensa. Todos los indicios indican que lo que se pretende con esta detención es criminalizar a Telesur y el trabajo de la corresponsalía en Colombia, fundamentado en el rigor y la veracidad periodística y en descubrir al público latinoamericano la verdadera realidad de Colombia, dándole también voz e imagen a los movimientos sociales colombianos. Al mismo tiempo se buscaría poner una cortina de humo ante la crisis institucional que se vive en Colombia.

Es más: el acoso contra Telesur queda demostrado por la sucesiva información que el DAS sigue solicitando en inspecciones a la sede de la corresponsalía del canal multiestatal latinoamericano en Bogotá.

Los testigos reunidos por la Fiscalía señalaron que el alias que le han atribuido a Fredy Muñoz los organismos de seguridad, había sido afectado por la explosión accidental de una bomba, que le habría causado graves quemaduras en una de sus extremidades superiores y en una de sus orejas, lesiones que no presenta el periodista –lo que corrobora el exámen médico-legal-, pese a lo cual la Fiscalía insiste en señalarlo como ese delincuente.

Fredy Muñoz Altamiranda es un joven periodista colombiano, que acaba de cumplir sus 36 años en prisión, que fue detenido al 19 de noviembre último en el aeropuerto internacional El Dorado de Bogotá, por autoridades del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), acusado de los supuestos delitos de rebelión y terrorismo.

Muñoz es, desde septiembre de 2005, corresponsal de TeleSUR en Colombia, corolario de una carrera profesional de doce años. La acusación en su contra se enmarca dentro de la retahíla de ataques que se han producido contra TeleSUR, desde antes de su lanzamiento y se contextualiza en la profunda crisis institucional por la que atraviesa el gobierno en Colombia, a raíz de las denuncias de la penetración narco-paramilitar en el Estado colombiano, incluyendo los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

La acusación fue tramitada por la Fiscalía 5ta, Unidad de Reacción Inmediata (URI-DAS) de Barranquilla, a cargo del Fiscal Manuel Hernando Molano Rojas. Posteriormente, el expediente fue pasado sucesivamente a la Fiscalía 3ra de Barranquilla y a la Fiscalía Tercera Especializada de Cartagena, jurisdicción donde se desarrollaron los supuestos hechos delictivos.

No es casualidad que tanto organismos patronales como la Sociedad Interamericana de Prensa, como profesionales de la Federación Latinoamericana de Periodistas, la Federación Internacional de Periodistas y el estadounidense CPJ, hayan exigido una pronta y justa solución a esta situación.

Colombia vive una crisis institucional. Cincuenta dirigentes políticos del oficialismo colombiano acaban de admitir haber suscrito un documento en respaldo a una propuesta de los líderes paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Una decena de parlamentarios ha sido acusado por la Suprema Corte de Justicia de delitos cometidos -incluso el genocidio- en alianza con los paramilitares, entre ellos apoyar, financiar, pertenecer o cooperar con estos grupos.

Durante el primer gobierno del presidente Alvaro Uribe (2202-06) fueron asesinados 18 periodistas; siete de octubre de 2002 a octubre de 2003; cinco a octubre de 2004; dos a octubre de 2005 y tres a octubre de 2006. Muchos periodistas colombianos han optado por el exilio como única forma de preservar sus vidas ante las amenazas de muerte, como en los recientes casos de Fernando Garavito y Daniel Coronell. Casi una treintena de periodistas está bajo la protección del DAS para que puedan cumplir con sus labores, muchos fueron asesinados. ¿De qué libertad de expresión estamos hablando?

Todo indica que lo que se pretende es criminalizar a Telesur y el trabajo de la corresponsalía en Bogotá, fundamentado en el rigor y la veracidad periodística. Quizás haya gente que busca provocar una nueva crisis entre Colombia y Venezuela, apenas unos días antes de las elecciones presidenciales en este país.

El problema del gobierno colombiano con periodistas serios como Fredy consiste en dar cuenta de hechos que silencian los medios del sistema: por ejemplo, el falso atentado con coche bomba en la zona sur de Bogotá el 14 de julio pasado, poco antes de la reelección de Uribe. La Fiscalía General colombiana calificó de ''grosero montaje'' la realización de aquel acto terrorista, atribuido en su momento a la guerrilla, por parte de un mayor y un capitán interesados en escalar posiciones. Terrorismo de Estado que los expertos en ''seguridad democrática'' de Uribe califican de ''falsos positivos''.

Invisibilizar la realidad

Invisibilizar parece ser la consigna. Que nadie se entere de lo que pasa en América Latina, así podemos estigmatizar los movimientos sociales, disfrazar de seguridad pública a las más burdas represiones, olvidarnos de los millones y millones de excluidos en nuestra América. La pobre.

Lo que se pretende con esta detención es criminalizar a Telesur y el trabajo de la corresponsalía en Bogotá, fundamentado en el rigor y la veracidad periodística. Quizá haya gente que buscaba, con este montaje, provocar una nueva crisis entre Colombia y Venezuela, apenas unos días antes de elecciones presidenciales en este país y, a la vez, poner una cortina de humo ante la grave crisis institucional que se vive en Colombia. Si esa era la estrategia, fracasó estrepitosamente.

Aquellos que vivimos en el sur sabemos que el caso de Muñoz no es aislado. Son miles los periodistas honestos que pagaron y pagan con cárcel, persecución, amenazas y violencia su ética, su dedicación a informar con la verdad. Sabemos de sobra de decenas de periodistas desaparecidos, asesinados, torturados y sacrificados para silenciar el terrorismo de estado, la barbarie y la miseria.

No cabe ninguna duda, que más allá de firmar un TLC que ni sus propios empresarios quieren, Colombia vive hoy una grave crisis institucional, con la sucesión de escándalos derivados de que personeros del paramilitarismo, incluso algún senador sindicado de haber alentado actos de genocidio- detentan altos cargos en el gobierno.

Los últimos hechos ocurridos en Colombia –y visibilizados por la corresponsalía de Telesur, de la que forma parte Fredy Muñoz- incluyen un falso atentado con carro bomba en la zona sur de Bogotá el 14 de julio, poco antes de las elecciones que terminaron con la reelección del presidente Álvaro Uribe.

La Fiscalía General colombiana calificó de ''grosero montaje'' la realización de este acto terrorista –atribuido en su momento a la guerrilla- por parte de un mayor y un capitán del ejército para escalar posiciones. Sin duda, como éste, el de Fredy Muñoz es otro grosero, artero montaje, en el que participa la policía secreta DAS y la regional del Caribe de la llamada ''inteligencia'' naval.

Pero eso no es todo. Porque ese es apenas uno de los cinco incidentes de los llamados ''falsos positivos'': atentados denunciados como de autoría de la guerrilla que en realidad fueron realizados por las fuerzas de seguridad. Y por lo cual, el partido Liberal, de oposición, pidió la cabeza de Juan Manuel Santos, el ministro de Defensa.

No cabe duda de que en Colombia hay gente capaz de poner una bomba en una dependencia militar obviamente con ayuda interna- para interrumpir un proceso de paz o de intercambio humanitario de prisioneros entre el gobierno y la guerrilla. Son esos montajes, ese terrorismo de Estado, a lo que se les da por llamar en Colombia ''los falsos positivos''.

¿Será que de pronto todos se volvieron locos? No. Hoy la prensa colombiana parece recobrar intermitentemente, claro, la memoria y trae a la mesa el choque entre militares y policías en Guaitarilla, la muerte de campesinos en Cajamarca, la presentación de civiles como guerrilleros muertos, la matanza de una unidad de élite de la Policía por una unidad del Ejército en Jamundí, la participación de militares en un supuesto ajuste de cuentas entre narcotraficantes en el departamento de Atlántico. Estos hechos, como muchos ellos de la conflictiva cotidianeidad colombiana, fueron visibilizados por Telesur.

Desde el Congreso colombiano, desde las bancadas del liberalismo y del Polo Democrático Alternativo, surgen duras críticas sobre la dudosa desmovilización de las paramilitares Autodefensas, que quiere presentarse como sustentada sobre la legalidad y la paz.

Según un a investigación del DAS, la policía secreta, actualmente operan 44 nuevos grupos paramilitares en distintos puntos del país. En el Senado se hizo notar que entre 2003 y 2006 los miembros de las bandas paramilitares tuvieron un crecimiento exponencial, pasando de 15 mil a 41mil integrantes.

En el Congreso se denunció asimismo que muchos campesinos desempleados y sumidos en la miseria han sido utilizados para hacerlos pasar como paramilitares y de esa manera cobrar el sustento mensual que les brinda el Estado, auxilio que asciende en los últimos dos años a cien millones de dólares, que obviamente sale de los impuestos que pagan todos los colombianos.

Mientras el Estado subsidia esta maquinaria paramilitar, los principales cabecillas de las Autodefensas, acogidos a la -mal- llamada Ley de Justicia y Paz, están alojados (supuestamente detenidos) en el centro vacacional de La Ceja, en Antioquia. Para juristas colombianos, esta ley es un instrumento de impunidad con la cual se pretende, incluso, burlar una posible intervención de la Corte Penal Internacional, catalogando a las autodefensas dentro del esquema de delito político.

El senador Parmenio Cuellar recordó los delincuentes políticos son aquellos que se rebelan contra el estado. Obviamente, los paramilitares no están luchando por derribar el orden establecido, por derribar al gobierno.

La Comisión Colombiana de Juristas ha demostrado que en los dos años de esta política de ''desmovilización'' los distintos bloques paramilitares han cometido más de tres mil asesinatos, en su gran mayoría de campesinos indefensos, dirigentes sociales, sindicales y políticos, y también de empresarios en el afán de quedarse con sus negocios.

Sólo el bloque Norte de las Autodefensas ha perpetrado 558 asesinatos, cifra confirmada por el computar incautado al jefe paramilitar ''Jorge 40'' y denunciados en el Senado el 18 de octubre último. Al mismo tiempo, las Autodefensas siguen narcotraficando y mantienen dominio territorial, político y económico en amplias zonas del país.

Sin duda Telesur incomoda a las élites tradicionales, a los detentadores del poder en muchos de nuestros países. Y por eso quieren silenciar su voz, para que siga la afonía de la que muy pocos se beneficiaron durante tantos (514) años. Porque el canal multiestatal latinoamericano apenas cumple con el cometido de todo periodista: visibiliza, hace público, transmite a todo el continente y al resto del mundo, lo que medios comerciales, muchas veces coaccionados, amedrentados hasta que aplican la autocensura- no difunden sobre las realidades de nuestro continente.

No se puede permitir la descalificación artera, la estigmatización. Porque más allá de nuestras pequeñeces, Telesur somos todos. Todos aquellos que creemos (y luchamos) por el proceso de integración, que creemos en la democracia, en la diversidad, en la pluralidad. Más allá del alcance de su señal, hoy Telesur es ejemplo de un periodismo alternativo y masivo, y no solo en América Latina.

Cabe recordar, también, que en Colombia, la Fiscalía tiene una dirección de Protección a Periodistas, que se la brinda con vehículos y escoltas armados a los trabajadores de la prensa amenazados por el paramilitarismo. Y el propio DAS certifica, en una inusual ''aclaración'', que protege a 28 periodistas amenazados. Muchos trabajadores de la prensa (sindicalistas, defensores de los derechos humanos, campesinos) fueron asesinados y otros debieron salir del país para preservar sus vidas y las de sus familiares.

Hay una realidad que quizá aquellos que montaron esta grosera maniobra no evaluaron: Telesur no se callará ni dejará sin voz a los que los medios comerciales dejaron y dejan afónicos. La realidad quedará siempre a la vista de los latinoamericanos.

Porque, también, Fredy Muñoz somos todos. Y eso lo demuestra la amplia, enorme solidaridad para con este joven periodista cartagenero y para con Telesur.

11/01/2007 11:29 Autor: Belkys. #. Tema: Venezuela No hay comentarios. Comentar.

12/01/2007

Caracas, casa tomada

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Por: Isaac Rosa / Rebelión
Cada ciudad tiene, fácilmente reconocible, algún tipo de impresión, comentario, exclamación o pregunta que invariablemente surge, espontáneamente, en el visitante que llega por primera vez. Si en otras ciudades de otros países sus habitantes reciben con cansancio las mismas preguntas tópicas acerca del clima, la historia, el carácter monumental o alguna costumbre exótica, en Caracas la pregunta más repetida por parte de cualquier observador externo es siempre la misma: «¿por qué no bajan?». El visitante se sitúa en cualquier punto que permita cierta panorámica –un mirador de la cordillera del Ávila, la ventana del hotel, un trayecto en coche por la autopista axial–, desde donde observa, consternado, la segregación de la ciudad, el contraste atroz entre los distritos acomodados y los extensos «barrios» –así se llaman las zonas de infraviviendas–.

Ante esa visión del más insólito escenario de la lucha de clases, el visitante pregunta, señalando a los cerros atestados de precarias construcciones amontonadas: ¿por qué no bajan de los barrios? ¿por qué soportan vivir en la miseria cuando ahí abajo hay de todo? ¿Por qué no bajan a coger lo que necesitan, lo que sobra, lo que podían reclamar como propio también? Con otras palabras: ¿por qué no ha estallado todavía esta ciudad?

Para quienes viven en los distritos del Este, minoría privilegiada, la capital venezolana podría considerarse –y en buena medida lo es– una ciudad, su ciudad, cómoda, sofisticada, próspera, llena de atractivos, incluso lujosa. Para un visitante extranjero que llegase sin información y sin conciencia (dos requisitos indispensables para viajar por el mundo sin que duela), y que entrase de noche en la ciudad para alojarse en una zona pudiente, pongamos por caso Altamira, Caracas se presentaría como una ciudad habitable, aproblemática, hasta placentera. Al llegar de noche a la ciudad, entrando desde la autopista que le trae del aeropuerto, los barrios de los cerros permanecerían invisibles, mostrando tan sólo su entramado de bombillas de aspecto navideño, como un saludo simpático para el visitante, que tal vez exclamará «qué bonito, cuántas lucecitas». Si se aloja en un hotel de Altamira, amanecerá al día siguiente en una ciudad de calles limpias, anchas avenidas, parques cuidados, plazas de paseo, vigilancia policial omnipresente, coches de gran cilindrada, edificios acristalados de oficinas, imponentes centros comerciales, los mejores restaurantes, ciudadanos bien vestidos, educados, librerías bien surtidas, una atractiva oferta cultural...

Podría pasar así varios días, semanas, alternando una visita al parque natural de la cordillera del Ávila, una tarde de compras en franquicias de las primeras marcas, un buen concierto, un paseo por las praderas del impecable Parque del Este, una partida de golf en el refinado country club, una mañana recorriendo la colección del Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber, o una excursión de un día al cercano archipiélago coralino de Los Roques.

Así ha sido la vida durante décadas para una parte de los caraqueños, la irónicamente llamada Sociedad Sambil –por alusión al nombre de uno de los centros comerciales más grandes y lujosos de todo el continente–. Eran quienes disfrutaban las rentas de la industria petrolífera en los años de bonanza, lo que se traducía en alto poder adquisitivo, viajes vacacionales al extranjero –adonde también enviaban a sus hijos para ampliar estudios– y una vida cultural y social como pocas ciudades latinoamericanas conocen. Todo estaba ahí, fácil, al alcance, asequible.
Desde hace unos años, sin embargo, todo este nivel de vida tiene apellido, tal como lo viven sus beneficiarios: amenazado. Es bienestar, pero un bienestar amenazado. Es prosperidad, pero una prosperidad amenazada. Es nivel de vida, pero un nivel de vida amenazado, tal vez con fecha de caducidad.

Encerrados en su isla blindada, para ellos el resto de la ciudad es una gran amenaza envolvente, y se diría que inminente. Acorazados en el miedo, los habitantes de las menguantes zonas privilegiadas han renunciado al entendimiento, a la comunicación, a la salvación de los demás, de quienes no son de los suyos. Prefieren darlos por perdidos, como dan por perdidas amplias zonas de la ciudad, que consideran «zona roja» –así se lo oí decir a algunos caraqueños–, donde el adjetivo «rojo» tiene un significado de peligro, de inseguridad, de violencia, pero también un sentido político, en tanto que zona chavista, de apoyo masivo al proceso revolucionario en marcha desde la llegada a la presidencia de Hugo Chávez.

El miedo es real, sincero, hasta cierto punto fanático. Es como si la respuesta a la pregunta inicial (¿por qué no bajan?) fuese afirmativa: han empezado a bajar, ya vienen, ya están aquí. Una reciente película venezolana, Secuestro express, reproduce ese sentimiento de terror ante los otros, desconocidos y peligrosos. La película, no exenta de trampas y moralina –así la protagonista, niña rica que trabaja ayudando a los niños pobres en una residencia, consigue salvarse porque «no merece» sufrir la ira de los pobres, ya que es buena; mientras que su novio, cocainómano y bisexual, es asesinado–, muestra una imagen desoladora de Caracas, donde la violencia de los que no tienen nada hacia los que lo tienen todo va más allá de lo delincuencial para erigirse como una forma de justicia social o, más bien, venganza social tras décadas de resentimiento.

Sintiéndose reflejados en la desesperada pareja protagonista –cuyo destino está por igual en manos de los temibles «malandros» y de la policía corrupta y criminal–, los habitantes de clase alta viven aislados, encerrados en sí mismos, y sólo si es necesario salen de sus reservas, para abandonar la ciudad en automóvil por alguna de las autopistas que la vertebran, o para cruzarla a pie siempre que lo hagan respaldados por la masa –las grandes marchas opositoras de años atrás–. De lo contrario, no pisan jamás otros distritos, pues en ellos no hay nada que pueda interesarles, ni centro de trabajo, ni residencia, ni lugares de ocio y consumo, nada, sólo peligro, delincuencia, violencia. Hace tiempo que renunciaron a recuperar esas zonas y como mucho se conforman con retener sus parcelas impermeables. El proceso de movilizaciones antigubernamentales, que concluyó abruptamente con el fallido golpe de estado de 2002 y el posterior y fracasado referéndum revocatorio, ha hecho que pierdan toda esperanza y se limiten a preservar su islote privilegiado.

El planteamiento recuerda a aquel formidable relato de Julio Cortázar, breve e inquietante: Casa tomada. La historia es conocida: la pareja de hermanos rentistas que habita la gran casa familiar hasta que una presencia inexplicada pero poderosísima la va ocupando por partes, la va tomando, y ellos se limitan a dar por perdida la zona tomada y cerrar bien la puerta que les separa, manteniendo a salvo su zona libre, hasta que también la pierdan y no tengan más remedio que abandonar la casa.

De la misma forma, pareciera que la elite caraqueña vive en su propia «casa tomada» –entendida la ciudad desde un enfoque patrimonial exclusivista–, en proceso de ocupación progresiva, y prefieren conservar sana una parte pequeña, en la que poder vivir con relativa tranquilidad, apenas inquietos por los ruidos que llegan del otro lado (disparos, pero también gritos, eslóganes revolucionarios), tal vez lamentando alguna pertenencia que se dejaron al otro lado cuando fue tomado y tuvieron que retirarse.

Como el protagonista del relato echaba de menos sus libros de literatura francesa y su pipa de enebro que se dejó en la zona tomada, algunos caraqueños lamentan la «toma» del bulevar de Sabana Grande, una extensa zona peatonal que en tiempos, cuentan, fue zona de artistas, de bohemia, de cafés y galerías, y que hoy es territorio de los buhoneros (vendedores callejeros) y los malandros (delincuentes). Igualmente lamentan la rendición de la zona del Parque Central, una de las áreas arquitectónicamente más interesantes de Caracas, exponente del desarrollo de los setenta al calor del alto precio del petróleo. En el Parque Central se encuentran los principales museos de la ciudad y el gran complejo cultural Teresa Carreño, pero sus antiguos usuarios ya sólo acceden a él cruzando a toda velocidad las autopistas (sin detenerse en semáforos si es de noche). El propio teatro Teresa Carreño está hoy «tomado» en otro sentido, desde el momento en que la cultura popular impulsada por el gobierno bolivariano ha permitido que los habitantes de los barrios, tradicionalmente marginados, puedan sentarse también en las butacas antaño intocables, para disgusto de quienes nunca compartirían fila con los tierrúos.

La idea de la «casa tomada» se refuerza si observamos Caracas desde algún punto alto, desde cualquiera de los miradores del Ávila. Los cerros alfombrados de chabolas (llamadas «ranchos»), presentes en cualquier punto hacia el que miremos, parecen avanzar hacia abajo, hacia el centro, extendiéndose, ganando terreno, y vienen a la imagen todos los tópicos gastados: el desierto que avanza, la lava de la erupción volcánica que deja tierra quemada a su paso, la ola gigante que todo lo engulle. Si nos fijamos bien, si miramos atentamente, parece que pudiésemos apreciar el movimiento, el desplazamiento, el corrimiento que va tomando cada vez zonas mayores de la ciudad.
Primero fueron los cerros, las zonas altas, donde se urbanizaron irregularmente hasta los barrancos más difíciles. Luego se extendió la construcción precaria a las zonas vecinas, y de ahí al centro de la ciudad, los distritos de la reducida e inestable clase media –que siempre tiene un pie en el escalón inferior–, el exiguo casco histórico, pronto los distritos oficiales, los centros culturales, los edificios a medio construir que quedaron interrumpidos en alguna de las sucesivas crisis económicas y que ahí permanecen, esqueletos de hormigón, en algunos casos ocupados por inquilinos faltos de espacio.

El avance de la Caracas roja hacia el Este va cercando las alcaldías de renta alta, que responden a ese avance con el blindaje total: alambradas, electrificación, ejércitos de seguridad privada y pública y, por supuesto, la disuasión menos visible pero tanto o más efectiva de los precios inabordables para ese 80% de ciudadanía sin suficientes recursos.

Nosotros, ciudadanos europeos acomodados que viajamos a Caracas por primera vez, sin quererlo nos identificamos inicialmente con esta mirada, con esta perspectiva, con esta interpretación, porque nuestra empatía se dirige a los que, entendemos, son como nosotros, son de los nuestros: sanos, limpios, bien vestidos, educados, residentes en pisos o adosados, con poder adquisitivo, blancos. Blancos, sí, porque el problema social caraqueño tiene un sustrato racista –o tal vez sea al revés, quién sabe–, y se aprecia la total coincidencia entre la polarización racial y la socioeconómica.

Por todo ello, cuando uno se imagina viviendo en Caracas siempre se sitúa del lado de acá, en Altamira, en Chacao, donde el tipo de construcción, el trazado de las vías, los nombres de los comercios, el aspecto de la gente, nos hacen sentir en casa. De esta forma, es evidente, uno se siente solidariamente amenazado. ¿Por qué no nos situamos al otro lado? ¿Estamos seguros de que siempre nos tocaría del lado de acá? ¿Y si fuésemos un habitante de ranchito –por mera estadística sería más probable, caso de que nos tocase nacer en Caracas–, un residente en alguna de las construcciones de ladrillo y uralita de Catia, o en los hacinados barrios verticales del distrito 23 de Enero? ¿No cambiaría nuestro enfoque, nuestra interpretación? ¿Veríamos la amenaza? ¿Elaboraríamos la imagen de la «casa tomada» si estuviésemos al otro lado de la puerta?

Si hacemos el esfuerzo imaginativo de situarnos al otro lado, de encuadrarnos entre la clase desposeída, la pregunta inicial toma más fuerza aún: ¿por qué no bajamos, por qué no dejamos los barrios, por qué no descendemos al valle y avanzamos por la autopista hacia el Este, por qué no acabamos de ocupar de una vez por todas el resto de la casa, las estancias que aún retiene esa incestuosa pareja de hermanos rentistas que no necesita tanto sitio para vivir; por qué vamos a seguir aguantando la penuria si ahí abajo está todo lo que nos falta y más?

Por qué no bajan, seguimos preguntándonos. Para responderlo hay que mirar la historia reciente: cuando por fin bajaron, en 1989. Desde hacía años, desde finales de los setenta, se temía un estallido social, las contradicciones no podían soportarse más tiempo, la desigualdad en renta disponible era escandalosa. El detonante fue el programa de ajuste económico recetado por el FMI y que el entonces presidente Carlos Andrés Pérez comenzó aplicando por abajo, por lo más básico: el precio del combustible –que en Venezuela siempre fue más barato que el agua– y el precio del transporte –en una ciudad congestionada e inabordable a pie–, lo que pronto provocó desabastecimiento alimentario ante nuevas subidas de precios.

La revuelta social, en la que algunos optimistas sitúan el inicio de la lucha antiglobalización –por cuanto puede tomarse por una contestación a las políticas neoliberales del FMI– hizo que durante dos días los habitantes de los barrios bajasen al valle y tomasen lo que estaba ahí, al alcance, saqueando comercios, incendiando lo que no podían llevarse, enfrentándose a los propietarios. La intervención del ejército y la policía, que no sólo limpió el centro de la ciudad sino que continuó la represión entrando en los barrios, consiguió someter la revuelta al precio de miles de muertos. Las cifras oficiales nunca admitieron más de 300 muertos, pero fuentes fiables elevan el número de asesinados muy por encima de los 5.000, incluso más allá de los 10.000 según algunos. Ahí está, en parte, la respuesta a la pregunta. Por qué no bajan. Porque cuando bajaron los mataron.

El segundo momento se produjo en 2002. El golpe de Estado contra el presidente Chávez. Tras las primeras 24 horas de estupor, las multitudes partidarias del presidente comienzan a bajar de los barrios. Grandes marchas alcanzan el centro de la ciudad. A su paso, enfrentamientos, incendios y saqueos, todo ocultado por las televisiones que intentan transmitir una imagen de tranquilidad. Exigen la restitución del presidente, o amenazan arrasar con todo. Esa posibilidad, unida al comportamiento de aquellos miembros de las fuerzas armadas que permanecieron leales al gobierno legítimo, disuadió a los golpistas, que tuvieron que retirarse.

Desde entonces, los barrios han tomado un nuevo sentido: el de trinchera, el de baluarte de la revolución bolivariana. Su propio urbanismo caótico e inextricable –originado sin más proyecto que la necesidad de techo y sin más planificación que la ocupación de todo el terreno disponible, levantando incluso rancho sobre rancho, en altura– deja de ser un problema para convertirse en una ventaja en un contexto de resistencia como el actual. Se dice que algún militar llegó a sugerir, en pleno calentón del golpe de 2002, bombardear los barrios. Sabían que era imposible someterlos de otra forma.

De hecho hoy, cuando en Caracas cada vez más gente –nada paranoica en principio– sugiere la posibilidad no muy remota de algún tipo de intervención militar exterior –y decir «exterior» es un eufemismo, ya saben–, los partidarios de la revolución se encomiendan a la resistencia de los barrios, a la imposibilidad de tomarlos mediante formas de guerra convencional, a la conversión de los cerros en selvas inaccesibles, ratoneras, guerra de guerrillas. A su favor juega el trazado y construcción de estas zonas, impenetrables en su disposición –sin siquiera calles en las zonas más altas, donde apenas hay separación entre edificaciones– pero, sobre todo, la cada vez mayor ideologización de sus habitantes, plenamente identificados con la revolución bolivariana y dispuestos a defenderla porque, como el proletariado clásico, nada tienen que perder.

Caracas es ejemplo emblemático de ciudad fundada por militares en acción de conquista. Esto significa, como otras grandes urbes latinoamericanas que tienen el mismo origen, que es reflejo de los condicionantes históricos bajo los que fue emplazada y construida. Su fundación no obedeció a criterios urbanísticos, sino a las necesidades de la conquista española y al establecimiento del sistema de producción esclavista. De ahí que su emplazamiento no se eligiese atendiendo a lo que sería razonable (ubicación geográfica, clima, topografía, salubridad, fertilidad de la tierra, accesibilidad) sino a esas otras necesidades, que generan una serie de problemas que Caracas arrastra desde sus inicios.
El primero es la falta de espacio, por estar situada en un valle cerrado, encajonada entre montañas, lo que ha determinado un crecimiento vertical (decenas de rascacielos) y forzado (se trata de aprovechar cualquier espacio disponible). A ello se une la presencia manifiesta de los problemas urbanos típicos del continente, tal vez agravados en Caracas: el empobrecimiento de amplios sectores de la población, la extensión de la construcción irregular, la economía informal generalizada, la delincuencia, la corrupción.

La ciudad ha sido igualmente víctima de los lastres económicos, políticos y sociales del siglo veinte venezolano, de la disipación de la riqueza petrolera, de la falta de tejido económico para las clases bajas. En los años de la bonanza del oro negro, desde finales de los cincuenta, durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y sobre todo en los setenta, se emprendieron grandes obras que cambiaron la cara a la ciudad, dándole ese aspecto de «ciudad enorme, extraordinaria: un valle lleno de concreto y metal» de la que hablaba Adriano González León en País portátil.

En ese tiempo forma Caracas su perfil característico: rascacielos por todas partes, pero también túneles, autopistas, metro, grandes avenidas, parques, arrasando de paso la mayor parte del centro histórico que había sobrevivido a guerras, terremotos y saqueos piratas. En esos mismos años se produce el gran éxodo del campo a la ciudad que multiplica los barrios, los ranchos. En veinte años la población urbana pasa del 48% de 1950 al 73% de 1971, y sigue creciendo hasta el 90% actual, concentrándose sobre todo en la gran Caracas (cinco millones de habitantes). Son los años, además, de la lucha política más dura, con formas incluso de guerrilla urbana, como relata la propia novela de González León, o la interesante obra narrativa de Carlos Noguera.

La zona roja, decíamos, lo es también en un sentido político. Para los acomodados, al otro lado hay violencia, inseguridad, pero también hay un proceso político al que dan la espalda, en el que no quieren participar, frente al que blindan igualmente sus urbanizaciones, sus vidas, sus ideas. La revolución bolivariana aún no ha entrado en las zonas del Este que siguen gobernadas por la oposición, y que viven ajenas al nuevo lenguaje político, a los proyectos, a las misiones sociales, a los propósitos transformadores.

Los responsables del proceso político actual están comprobando que más allá, en los cerros, en los barrios, hay un gran potencial, hay vida. Frente a la inicial impresión negativa, que surge de ver el amontonamiento de construcciones y el aspecto depauperado de las mismas y de las gentes que las habitan, que daría impresión de desesperanza, de inutilidad de los esfuerzos, el proceso político ha encontrado mucho más que una multitud desesperada y dispuesta a marchar en grandes manifestaciones, ha encontrado realmente su base, una base entusiasta y dispuesta no sólo a defender la revolución, sino a hacerla suya, a participar, a dirigirla. Frente a la imagen tópica del «malandro», aparece el militante concienciado, el «facilitador» que actúa en su entorno, el grupo organizado que plantea las necesidades del barrio en esa forma primaria –y aún en pañales– de democracia participativa.

Partiendo de las formas tradicionales de organización que ya existían en los barrios –y que tenían que ver más con la supervivencia que con un proyecto político, basadas más en la creación de estructuras sociales propias ante la ausencia de un Estado que nunca subía por las escaleras y empinadas veredas de los cerros– están surgiendo nuevas formas de movimiento vecinal reivindicativo. Más allá de las conocidas misiones –sociales, educativas, sanitarias y culturales, y cuya necesidad reconoce la propia oposición antichavista–, en los barrios más empobrecidos se está produciendo un proceso de toma de conciencia de los habitantes que va a ser decisivo para el futuro de la ciudad.

Todo un fenómeno de reactivación social y cultural –y que deberá ser también económica para que tenga continuidad– que ha sido impulsada desde las instituciones bolivarianas, pero cuyo empuje se origina en el propio barrio, en las estructuras y liderazgos preexistentes, propios de su precaria condición. El concepto de «desarrollo endógeno» –que en Europa suena a algo burocrático e inofensivo, pero que en un país como Venezuela es realmente revolucionario– implica que todo nazca en el propio barrio, lo que ha reactivado a una población apática y estigmatizada cuyas iniciativas, aunque aún no tengan alcance fuera del propio vecindario, están demostrando que bajo la imagen negativa de los barrios y su asociación exclusiva a ideas como miseria, atraso y delincuencia, existían formas de vida e incluso manifestaciones culturales originales.

Mientras tanto, la clase alta, los habitantes del Este, permanecen ajenos a esta revitalización de los cerros. Tal vez se resignan, como la pareja protagonista del cuento de Cortázar, a aguantar en la parte que aún retienen. Hasta el día en que la casa sea tomada por completo y tengan que marcharse, cerrando bien la puerta de entrada y tirando la llave a la alcantarilla, no fuese a ser que a algún pobre diablo se le ocurriera entrar, a esa hora y con la casa tomada.

Se permite la reproducción íntegra de este texto siempre que sea con fines no comerciales, se cite autoría y procedencia y se mantenga esta nota.

www.circulobellasartes.com

12/01/2007 20:41 Autor: Belkys. #. Tema: Venezuela Hay 3 comentarios.

21/01/2007

Cuba en el año 2007

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Pascual Serrano

TeleSUR

Cuarenta y ocho años después del triunfo de la revolución y en una situación excepcional derivada de la enfermedad de Fidel Castro, es buena una mirada para valorar cuál es la situación del país en un momento de claro despegue económico y con una coyuntura regional más que favorable.

Impactada la economía cubana por la crisis de la Unión Soviética, el país está logrando una indiscutible recuperación. Basta recordar que ha cerrado el año 2006 con un crecimiento económico del 12'5 % (en América Latina la media fue de 5'3 %) y que en el año 2005 fue del 11'8 %. Entre las razones que lo explican estarían los acuerdos petroleros con Venezuela, el de níquel con China, el aumento de la producción de petróleo nacional y el incremento del turismo.

Angustiados los cubanos por su situación energética -recordemos los apagones de los últimos años-, 2006 ha sido sin duda el año de la revolución energética. Su producción de electricidad ha aumentado un 7'2 %, con un consumo que se está racionalizando mediante el recambio de electrodomésticos y la rehabilitación de sus redes de distribución. La biotecnología está avanzando a pasos gigantescos, logrando el pasado año aumentar el 90 % de sus exportaciones a pesar del bloqueo estadounidense y alcanzando a más de cincuenta países. También se inauguraron 650 obras para la educación y la salud. Su gasto social es el más elevado del hemisferio y a educación y salud destinará en 2007 el 22'7 por ciento del PIB. El pasado año se alcanzó la tasa de mortalidad infantil más bajo de su historia, con 5'3 por mil nacidos vivos (en Nicaragua es de 30, y en Estados Unidos de 7'1). Es importante recordar que la tasa de desempleo en el país es de 1'9 %.

Pero es que en un mundo con 766 millones de personas sin servicios de salud, 120 millones sin agua potable, 842 millones de adultos analfabetos (21 de ellos en Estados Unidos), 158 millones de niños que sufren de desnutrición y 110 millones que no asisten a la escuela, ninguno de esos problemas existen en Cuba a pesar de encontrarse en el Tercer Mundo. Cuba es hoy el país de mayor equidad en la distribución del ingreso en América Latina, el que posee los servicios de educación primaria y secundaria que llegan al 99 por ciento de la población y acceso a estudios superiores en cualquier lugar del país a todos los que quieran hacerlo (800.000 estudiantes universitarios), el primero en indicadores favorables de mortalidad infantil en menores de un año y menores de cinco, el de menor desempleo, el que ofrece alimentos subsidiados que cubren no menos de la mitad de las necesidades nutricionales, el que presta atención médica primaria permanente y remisión a servicios gratuitos de alta tecnología (77'3 años de esperanza de vida). El pasado año, además, la organización no gubernamental WWF (World Wild Fund) declaró a Cuba como el único país del mundo que combina un alto desarrollo humano (reconocido en Informes Anuales sobre Desarrollo Humano elaborados por el PNUD) y una adecuada sostenibilidad ambiental.

Pero no olvidemos la solidaridad de Cuba al mundo, la isla tiene treinta mil trabajadores sanitarios en 60 países y el pasado 2006, la UNESCO le premió por su programa internacional de alfabetización que se está aplicando en quince países a 2'3 millones de personas. En el año 2006, 27.000 jóvenes de países subdesarrollados estudiaban en La Habana.

Y eso en un mundo donde, según un estudio del pasado 5 de diciembre de las Naciones Unidas, la mitad de la riqueza del mundo se encuentra en manos del 2% de los adultos. Un círculo aún más reducido que solo abarca al 1% de los habitantes tiene en su poder el 40% de la riqueza, mientras en el otro extremo el 50% de la población apenas contaba con el 1% de la riqueza. Es la expresión estadística del enorme abismo entre una elite insensible y una vasta muchedumbre de desposeídos.

Por supuesto que hay deficiencias en el modelo cubano. Los principales problemas cotidianos hoy son la vivienda y el transporte. Sin embargo, el pasado año se cerró con la construcción de 110.000 viviendas y se compraron 200 autobuses articulados (conocidos en la isla como camellos), otros 50 del tipo normal de segunda mano y 300 escolares.

Pero hay mucho más. Y es que, como dice Santiago Alba, ''nos empeñamos en salvar a Cuba comparando datos económicos y estadísticas, olvidando que de lo que se trata es de la elección entre los que ''en un lado bombardean países, derriten alegremente los cascos polares y confunden Faluya con un Parque Temático frente a otro que salva niños, cura extranjeros y confunde los propios sufrimientos con los de los otros pueblos de la tierra''. Cuba, dice Alba, el país del ''querer pronto, el amar fácil, el hablar intenso, el sentarse ancho, el vestir tenue, el cantar rebelde, el pensar juntos, el mirar despacio, el hacer largo, el vivir recio, el comer, beber y compartir sin misterios, el disentir y vencer sin venenos''. Por eso, sólo en La Habana, cuando mi hijo Camilo de cinco años jugaba en un parque infantil y una niña de la misma edad le rebasaba en el tobogán, le decía ''disculpe compañero''.

21/01/2007 17:33 Autor: Belkys. #. Tema: Cuba No hay comentarios. Comentar.

¡Tienes que enviar millones de soldados a Irak, no millares!

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Por Michael Moore

 

La misiva de Michael Moore, ejemplarmente irónica, da respuesta a la alocución presidencial del miércoles (10/01/2007) en la cual "W" informó acerca de su decisión de enviar "más de 20 000 tropas adicionales a Irak".

 

 

Estimado Sr. Presidente:

Te agradezco por tu mensaje a la nación. Es bueno saber que todavía deseas hablar con nosotros después de cómo nos comportamos en Noviembre. Dime,
¿puedo ser franco? Enviar apenas 20 mil soldados más no va a hacer el trabajo. Eso solamente llevará el nivel de la tropa al mismo que había el año
pasado. ¡Y estábamos perdiendo la guerra el año pasado! Hemos tenido ya más de un millón de soldados sirviendo por algún tiempo en Irak desde el
2003. Algunos miles más simplemente no serán suficientes para encontrar esas armas de destrucción masiva! ¡Eh, quiero decir… traer ésos responsables
de 9/11 a la justicia! Umm, tacho esto. Tratemos mejor: TRAER ¡DEMOCRACIA AL MEDIO ORIENTE! ¡YES!!! ¡Tienes que demostrar un
cierto valor, caballero! ¡Ésta la tienes que ganar! Ven acá, ¡tú encontraste a Saddam! ¡Tú lo colgaste bien alto! Me encanta mirar el vídeo de eso -¡justo
como en el viejo y salvaje oeste! ¡El malo estaba vestido de negro! Los verdugos eran tan feos como el ahorcado! ¡Arriba el linchamiento de las
multitudes!!! Mira, tengo que admitir que me siento muy consternado por el lío en que te metiste. Como Ricky Bobby dijo, “si no eres el primero, eres el
último.” Y que seas humillado delante del mundo entero no nos hace a NINGUNO de nosotros, los norteamericanos, ningún favor.

Sir, escúchame. ¡Tienes que enviar MILLONES de soldados a Irak, no millares! ¡La única manera de lamerse esta chupeta ahora es inundar Irak con
millones de nosotros! Sé que estás corto de soldados listos para combatir - ¡tienes que buscar entonces en otra parte! La única manera como podrías
abatir a una nación de 27 millones —Irak— es enviando por lo menos ¡28 millones! He aquí cómo esto funcionaría: Los primeros 27 millones de
norteamericanos entran y matan a un iraquí cada uno. Eso evitará rápidamente cualquier insurrección. El otro millón de nosotros permanecerá y reconstruiráel país. Simple. ¿Ahora, sé que estás diciendo, dónde encontraré 28 millones de norteamericanos para ir a Irak? Aquí están algunas sugerencias:

1. Más de 62 mil de norteamericanos votaron por ti en la elección pasada (la misma que ocurrió al cabo de un año y medio de estar dentro de una guerra
que nosotros ya sabíamos estar perdiendo). Estoy seguro que por lo menos un tercio de ellos desearía poner su cuerpo allí donde pusieron su voto y
enlistarse voluntariamente. Conozco muchas de estas personas y, aunque podamos discrepar políticamente, sé que no estarían de acuerdo en que otros
tuviesen que ir a luchar una lucha que es de ellas — mientras que ellas mismas permanecen bien protegidas aquí en Norte América.

2. Puedes crear grupos de encuentro llamados “mata a un iraquí” en ciudades a través del país. Sé que esta idea es de un estilo muy comienzos -del-siglo-21,
pero recuerdo que fui una vez a un grupo de encuentro de Lou Dobbs y, te lo juro, algunas de las mejores ideas llegan después del tercer mojito. Estoy
seguro que conseguirás otros cinco millones de enlistados mediante este esfuerzo.

3. Envía allá a todos los miembros de los medios de comunicación principales. Después de todo, fueron tus colaboradores en traernos esta guerra —y muchos
de ellos ya están entrenados a fuerza de estar “encajados!” Si eso no lleva el total a 28 millones, entonces recluta a todos los espectadores
FOX News. ¡Sr. Bush, no te des por vencido! ¡Ahora no es el momento de aguantarse! No juegues al pequeño ganador enviando unas pocas tropas sobrecansadas.
¡Pon a tu gente detrás de TI y condúcela hacia allá como un

verdadero Comandante en Jefe! No dejes a ningún conservador de lado! ¡Velocidad máxima hacia adelante! Prometemos que les escribiremos. ¡Vaya a

conseguirlos W! Suyo..

Michael Moore.

Fuente: La Gente

21/01/2007 21:41 Autor: Belkys. #. Hay 2 comentarios.

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