Leyendas compartidas en bata blanca

Una fría mañana no impide que los altos páramos venezolanos sientan el paso de sus zapatos. Igual revelación suele ocurrir si se trata de desandar las arenas del desierto en Tombuctú, una comunidad bien conocida por los cubanos en la lejana África.
No importa dónde ni en qué condiciones los médicos cubanos escriben todos los días una epopeya gloriosa en el enorme libro de la solidaridad y la cooperación internacional que ya hojea 45 páginas.
La historia comenzó en Argelia en el año 1963 cuando un poderoso terremoto asoló al país y los cubanos se aprestaron a colaborar en la atención a los damnificados. Desde entonces 73 naciones en todos los continentes conocen de la entrega y la profesionalidad de los galenos de la Isla.
Personas enfermas en remotos parajes salvan sus vidas a diario acudiendo a los centros de salud donde trabajan los médicos cubanos. Las historias se repiten de país en país y suman millones en el mundo los que deben sus días al humanismo de la Revolución cubana.
Esas leyendas compartidas abundan y en medio de difíciles condiciones hacen grande a nuestros profesionales de la salud.
En una pequeña comunidad indígena en el distante Paraguay un nombre de mujer es de dominio popular.
Hace seis años la Doctora Marisol llegó desde Cuba y se convirtió en uno más de los habitantes de la aldea. Sin cambiar las costumbres la médica cubana se adaptó a convivir con ellos y poco a poco, utilizando muchas veces hasta su propio dialecto, logró enseñarles normas de higiene.
En ese andar compartido todos aprendieron y más que eso, los indios guaraníes lograron hacerse un espacio en el corazón de la doctora.
¨Intenté entender sus costumbres, pero también les enseñé. Había mucha insalubridad en esas condiciones de vida y por eso se enfermaban tanto”, apunta Marisol.
Mirando las fotos de su estancia allá la doctora recuerda el caso de una mujer indígena acabada de parir que sometía a su pequeña hija al humo de la cocina de la que no se apartaba un minuto para darle de comer a sus otros cinco hijos.
“Ese día varios habitantes de la aldea fueron a alertarme, a la niña le faltaba el aire, estaba casi cianótica. La madre no entendía, para ella si la pequeña moría, había otros hijos que cuidar. Tenía que hacer su trabajo y no podía dejarla con nadie”, recuerda la doctora Marisol.
“Logré quitarle a la bebita y sacarla de aquella casita de barro húmeda y fría. Al rato, después de los primeros auxilios su respiración comenzó a normalizarse y para sorpresa mía, fueron los mismos nativos quienes le llamaron la atención a la madre”, concluyó la médica.
Las historias pueden ser más o menos tristes, más o menos dolorosas. Todas tienen el sabor de la colaboración cubana sin pedir nada a cambio, solo entregando salud a cada paso para que la vida florezca en tantos lugares del mundo donde las leyendas se hacen compartidas.
La historia comenzó en Argelia en el año 1963 cuando un poderoso terremoto asoló al país y los cubanos se aprestaron a colaborar en la atención a los damnificados. Desde entonces 73 naciones en todos los continentes conocen de la entrega y la profesionalidad de los galenos de la Isla.
Personas enfermas en remotos parajes salvan sus vidas a diario acudiendo a los centros de salud donde trabajan los médicos cubanos. Las historias se repiten de país en país y suman millones en el mundo los que deben sus días al humanismo de la Revolución cubana.
Esas leyendas compartidas abundan y en medio de difíciles condiciones hacen grande a nuestros profesionales de la salud.
En una pequeña comunidad indígena en el distante Paraguay un nombre de mujer es de dominio popular.
Hace seis años la Doctora Marisol llegó desde Cuba y se convirtió en uno más de los habitantes de la aldea. Sin cambiar las costumbres la médica cubana se adaptó a convivir con ellos y poco a poco, utilizando muchas veces hasta su propio dialecto, logró enseñarles normas de higiene.
En ese andar compartido todos aprendieron y más que eso, los indios guaraníes lograron hacerse un espacio en el corazón de la doctora.
¨Intenté entender sus costumbres, pero también les enseñé. Había mucha insalubridad en esas condiciones de vida y por eso se enfermaban tanto”, apunta Marisol.
Mirando las fotos de su estancia allá la doctora recuerda el caso de una mujer indígena acabada de parir que sometía a su pequeña hija al humo de la cocina de la que no se apartaba un minuto para darle de comer a sus otros cinco hijos.
“Ese día varios habitantes de la aldea fueron a alertarme, a la niña le faltaba el aire, estaba casi cianótica. La madre no entendía, para ella si la pequeña moría, había otros hijos que cuidar. Tenía que hacer su trabajo y no podía dejarla con nadie”, recuerda la doctora Marisol.
“Logré quitarle a la bebita y sacarla de aquella casita de barro húmeda y fría. Al rato, después de los primeros auxilios su respiración comenzó a normalizarse y para sorpresa mía, fueron los mismos nativos quienes le llamaron la atención a la madre”, concluyó la médica.
Las historias pueden ser más o menos tristes, más o menos dolorosas. Todas tienen el sabor de la colaboración cubana sin pedir nada a cambio, solo entregando salud a cada paso para que la vida florezca en tantos lugares del mundo donde las leyendas se hacen compartidas.

